Andrés Solá y compañeros mártires
Contexto Social del Martirio
Las relaciones y el tratamiento dado por el gobierno federal a la jerarquía de la iglesia católica y al pueblo creyente habían sido de persecución solapada o declarada, según los criterios de cada gobernante, desde 1913. Ahora, diez años más tarde, con la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia, la situación se agudizó.
A partir de 1926 fue una verdadera guerra civil. Las bases católicas se alzaron en armas en contra de un gobierno que aplicaba el rigor de la ley en su contra. Al grito de “Viva Cristo Rey” se enfrentaron a manotazos sangrientos los campesinos y las bases de asociaciones católicas con las tropas federales y el gobierno.
Las manifestaciones hostiles a la religión venían en crecimiento desde antes. En 1920 un individuo que dijo ser empleado de la Secretaría de la Presidencia de la nación, llevó un ramo de flores hasta el altar mayor de la Basílica de Guadalupe. No era una ofrenda. Disimulada entre las flores iba una poderosa bomba que al estallar causó enormes destrozos, pero no tocó la imagen de María de Guadalupe.
En la celebración del Día del Trabajo, alguien colocó la bandera rojinegra de los anarquistas en la cúpula de la catedral de Ciudad de México, en 1921.
En 1923 fue expulsado del país el delegado papal, por haber bendecido la primera piedra del monumento a Cristo Rey que iba a levantarse en el cerro del Cubilete, ninguna manifestación religiosa podía realizarse fuera de las paredes de los templos. La propagandista radical española Belén de Sárraga recorría el país con su discurso incendiario llamando al desprecio de la religión.
A partir de 1924 las cosas empeoraron, y varios obispos fueron llevados a los tribunales por no respetar la legislación liberticida en las cosas del culto; en algunos Estados los sacerdotes extranjeros fueron expulsados, y a los otros se les exigió que para poder ejercer su ministerio deberían contraer matrimonio. Desde luego los colegios católicos fueron cerrados, y el mismo Papa Pío XII debió enviar a la iglesia mexicana una dolida carta denunciando los maltratos recibidos.
Pero el presidente Plutarco Elías Calles pensaba en algo más contundente: la creación de una Iglesia Católica Mexicana con sus propios obispos e independiente de la de Roma. En febrero de 1925, un grupo de hombres armados tomó posesión del templo de la Soledad y proclamó patriarca de la iglesia católica apostólica mexicana a José Joaquín Pérez Budar. El patriarca era la cabeza de un grupo de ocho curas y diáconos que con el paso del tiempo fue creciendo, pero no pudo sostenerse por muchos años.
Sin embargo, su programa de principios básicos incluía indicaciones que la propia iglesia católica romana aceptaría cuarenta años después en el Concilio Vaticano II: uso del idioma español en las liturgias, gratuidad en la distribución de sacramentos, reconocimiento de la independencia de los llamados poderes temporales en las naciones....
En junio de 1926, el presidente Calles hizo modificar el sentido más estricto algunas normas del código Penal. Así se castigó con pena de cárcel o multas a quien celebrare actos de culto fuera de los templos y se prohibió enseñar religión en las escuelas, emitir votos religiosos, por lo que los “monasterios deberán ser disueltos inmediatamente y suprimidos” Si los miembros dispersos de dichos monasterios volviesen a reunirse secretamente serán multados de uno a dos años de cárcel. Todos los templos pasaban a ser propiedad de la nación, al igual que todas las casas curales, seminarios, residencias episcopales, asilo y colegios.
La respuesta de los obispos no se dejó esperar: el 31 de julio de ese año cesaron todos los cultos católicos en el país, los sagrarios quedaron vacíos, las parroquias quedaban sin atención religiosa y los curas se retiraron a sus domicilios privados. De todos modos, los obispos intentaron abrir diálogo con el presidente para lograr algún acuerdo. Fue imposible. Elías Calles respondió que los obispos habían perdido su categoría de mexicanos y que lo único que les quedaba era obedecer la legislación o levantarse en armas. Esto último fue lo que hicieron las bases católicas del campesinado y de las agrupaciones obreras católicas: tomaron los machetes y las carabinas y se lanzaron a la guerrilla cristera.
En algunos pueblos católicos se tomaron los templos y se abrieron al culto, incluso dando muerte a los soldados federales. Por su parte el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica tomó una actitud indefinida, en contraste con los obispos de allí mismo, que, en septiembre de 1926, enviaron una carta de apoyo a la Iglesia perseguida de México.
Los cristeros consultaron a los obispos del país sobre la justificación de la lucha arma como defensa legítima ante los atropellos, y en el periódico del Vaticano apareció la respuesta: la lucha armada se justificaba cuando todos los recursos pacíficos habían fracasado. Entonces el movimiento tomó más fuerza y se organizó con el nombre de La Liga Nacional, coordinando grupos en todo el país.
Las represalias de parte del gobierno fueron brutales: todo sacerdote capturado en actitud sospechosa debía ser fusilado inmediatamente. Los Obispos protestaron en carta pastoral y tras consulta a Roma, el 31 de julio de 1926, ordenaron la suspensión de culto en toda la república.
De inmediato el arzobispo de México y otros doce obispos fueron expulsados del país. Las bases populares campesinas al verse privadas del culto se alzaron primero en Zacatecas y después en Jalisco al grito de “Viva Cristo Rey”. La lucha cristera se prolongaba y el gobierno se desesperaba al no poder vencer...
La aclamación «¡Viva Cristo Rey!» se convirtió no sólo en el grito de ataque cuando estalló la guerra cristera; era también la última palabra de los mártires al momento de ser fusilados; en suma, era la negación del «¡Viva el Supremo Gobierno!» de los soldados federales. En todos lados se encontraba la leyenda “Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat” (Cristo vence, Cristo reina, Cristo Impera): en los sombreros, en las puertas y en los comunicados.
En 1929 ya se veía que no habría triunfadores y era necesario llegar a un acuerdo entre la jerarquía católica y el gobierno, a espaldas de la guardia nacional cristera. Finalizado el período presidencial de Elías Calles, aunque no su influencia política, se logró un acuerdo y cesó la guerra cristera. El 30 de junio de 1929 volvieron a repicar las campanas en los templos mexicanos.
Los Misioneros Claretianos a principios del S. XX
La llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia de México, hizo recrudecer la persecución religiosa en el país. Las leyes liberticidas para el desarrollo y vida de la Iglesia, en sus instituciones, servicios pastorales, personas dedicadas al culto y bienes de propiedad eclesial, fueron aplicadas con el máximo rigor.
El período entre 1926 y 1929 fue muy duro. En esos tres años violentos, los historiadores hablan de más de 200 mil muertos. Los Misioneros Claretianos también sufrieron persecución. Muchos de ellos, españoles tuvieron que emigrar hacia otros países.
En ese sentido las comunidades fundadas en Estados Unidos de Norteamérica y en naciones de Centroamérica y Antillas fueron un refugio natural. Otros debieron esconderse. Sus casas, templos y bienes fueron confiscados por el gobierno y en algunos casos salvados gracias a familias que aceptaban tener la tuición de ellos a pesar del peligro de ser consideradas colaboradoras del clero.
Las Comunidades Claretianas, como la de Jesús María y de San Hipólito, en la capital de la República, se pueden catalogar como verdaderamente martiriales. Hubo Misioneros encarcelados, vejados, deportados y escondidos que mantuvieron con fortaleza la llama de la esperanza en días mejores. Un Misionero Claretiano, el Padre Andrés Solá, cayó asesinado por los federales y su sangre derramada penetró hasta las raíces del alma congregacional haciéndola llorar.
El P. Andrés Solá fue el mártir claretiano en esa hora de prueba y dolor.
Los tres elegidos
Según el relato del Padre Pedro García, Misionero Claretiano, los tres elegidos (P. Andrés, P. José Trinidad y el Sr. Leonardo) fueron atrapados por la imprudente decisión de dos óptimas cristianas, ambas viudas jóvenes y... por una cariñosa y admirable providencia de Dios, que quería añadir tres fulgurantes joyas a la ya espléndida corona martirial de la Iglesia de México.
Arreciaba en 1927 la persecución religiosa de Calles y en la Ciudad de León, Estado de Guanajuato, empezó a correr la alarma: ¡En San Francisco del Rincón han secuestrado y detenido al Padre Rangel! ¡Precisamente al santito Padre José Trinidad Rangel! Era el 22 de abril, viernes de la octava de pascua.
En la casa de las Señoritas Josefina y Jovita Alba vivía refugiado, y desde la cual ejercía con disimulo un abundante apostolado, el P. Andrés Solá, misionero claretiano, que celebró la Misa del domingo 24 en el domicilio de Doña María Luisa Olavarrieta. Ya en su casa de las Alba a las diez de la mañana dispone una Hora Santa para rogar por la liberación del querido compañero. Al final, se le presentan decididas María Encarnación Esquivel y María Refugio Martín: ¿le parece bien que vayamos a la comandancia militar a pedir la libertad del Padre Rangel? El P. Solá aprueba su valiente decisión, aunque les impone: Bien y no pierdan tiempo. Pero antes, vayan a visitar el Santísimo y pidan luz y fuerza. En la capilla, encuentran arrodillado y absorto a Don Leonardo Pérez, a cuya oración se unen con fervor.
Animadas con la fuerza de lo Alto, Encarnación y Refugio se presentan ante el General Daniel Sánchez, que se pone furioso, y todo cuanto les tolera es que le traigan algo de comida y ropa al preso, aunque no lo van a poder hacer, porque les exige: ¡Váyanse de aquí cuánto antes” Ustedes son unas beatas que viene a suplicar por el Cura! Y da secretamente la orden a la policía y a los soldados: ¡Un piquete! Sigan a esas dos beatas y registren. Ni Encarnación ni Refugio notaban nada, así es que fueron directamente a asa de las Alba para informar sobre el resultado de su generosa aventura. Detrás de ellas, y antes de que se cerrase la puerta, entraban los esbirros.
El Padre Solá disimula de momento su condición de sacerdote, pero en el minucioso registro de la casa aparece la fotografía en que está dando la Primera Comunión a una niña. ¡Este es el españolito que estábamos buscando!
Don Leonardo seguía absorto en su adoración al Santísimo y le preguntan: Y usted, ¿quién es? Me llamo Leonardo Pérez y soy agente de comercio. Decía la verdad, pero le traicionaba su semblante de santo. ¡Si no puede con esa cara de cura!... Leonardo negó rotundamente semejante condición con palabras valientes: ¡No soy sacerdote, pero sí católico, apostólico y romano! Los asaltantes arrasaron con todo signo religioso y hacían botín de manteles, ornamentos, cáliz, platillos, misal... Y se llevaban el copioso dinero que al Padre Solá habían entregado por sus ministerios y que, por encargo de la Curia Diocesana, debía repartir entre los sacerdotes escondidos.
Dejaban de momento en paz a las Señoritas Alba, aunque esa misma tarde aprisionarían allí a varios de los que frecuentaban la casa para velar al Santísimo, ignorantes de lo que había ocurrido por la mañana. Entre ellos, Leodegario Marín, José S. Romo y Salvador Oñate que fueron conducidos al Seminario convertido en comandancia y cárcel.
Por otro lado, el 11 de abril de 1927, lunes de la semana santa, el padre Rangel estaba ya en San Francisco del Rincón y se hospedó en casa de la señorita María Muñoz, con la cual vivían unas sobrinas. Siguió viviendo su ministerio sacerdotal como en León, asistiendo sobre todo a los enfermos del cercano hospital, pero iba a durar muy poco porque el 22 de abril, viernes de la semana de Pascua, hacia las dos de la tarde, llegaron a la población, procedentes de León, fuerzas federales.
Enseguida fueron a la casa de la señorita Muñoz para realizar un registro. Sospechaban que estuvieran allí escondidas armas para los cristeros de Jalisco. Se encontraron con aquel hombre joven, modesto y sencillo, pensaron que se trataba de un sacerdote. Le preguntaron cuál era su profesión. El, cándido como paloma, dijo sin más, que era sacerdote. Inmediatamente fue detenido y llevado al Seminario de León, donde se había establecido la comandancia militar. Aquí el General Daniel Sánchez, comandante militar de León, lo maltrató y se mofó groseramente de él; el sacerdote soportaba todo y callaba, como Cristo ante el Sanedrín. Comenzaba su martirio.
El Martirio
A las 8 de la noche del domingo siguiente a la Pascua, el 24 de abril de 1927, fue conducido en un camión de la basura a la estación del ferrocarril de la estación de León en espera del tren no. 7 de México a Ciudad Juárez. Subidos a una góndola vagón descubierto con hileras de asientos en la misma dirección del tren, en el que iban unos cincuenta soldados, fueron colocados los seis presos bajo la custodia directa de cinco escoltas, de los cuales hay que decir, en honor suyo, que trataron a los presos con toda corrección.
Los seis presos hablaban entre sí, se animaban y, ante lo que pudiera suceder, todos se confesaron con los dos sacerdotes. Tuvieron tiempo para hacerlo, pues el tren tardó unas dos horas hasta llegar a Lagos, 65 kilómetros distante de León. Allí pasaron la noche. Muy de mañana del día 25, el tren salió de Lagos de Moreno rumbo a Encarnación de Díaz, y se esperó hasta las siete de la mañana. Luego avanzó y se detuvo pasado el señalamiento del kilómetro 491, entre las estaciones de Los Salas y Mira, en el paraje del Rancho de San Joaquín, donde había descarrilado el tren hacía dos noches.
El General Amarillas dio la orden de parar el tren en ese preciso lugar porque el fusilamiento había de servir para dar un escarmiento. Un oficial con diez soldados, asomándose al vagón en que iban los presos, les manda bajar y los seis obedecen sin réplica alguna. El bueno de Leonardo, aferrado a su condición de laico y no sacerdote, siente extrañeza ante la orden de avanzar. ¿A mí también? Y sintió algo de preocupación, porque oyó decir de los labios del Padre Solá: ¿Qué es esto, hijo? Sólo es cosa de un momento. ¿Y qué mejor que tener dentro de pocos momentos la palma del martirio?... Con el Cielo a la vista, desaparecía todo miedo a las balas.
Los tres elegidos de Dios comienzan el descenso por el camino del barranco, llegados al fondo, delante del charco del chapopote (petróleo medio engomado) y sin darles tiempo para nada, les disparan por la espalda. No han tenido ocasión de cumplir el compromiso contraído en la cárcel y en su conversación del tren: Si nos van a matar, moriremos gritando: ¡Viva Cristo Rey! Leonardo murió en el mismo instante. El Padre Rangel, al recibir los balazos, dio una vuelta poniéndose la mano en la cara. El P. Solá, con las balas en el cuerpo, hace por dos veces el esfuerzo de incorporarse, pero cae después inmóvil en la tierra mezclada con el chapopote sin poder moverse en adelante. Porque el oficial que les ha dado el tiro de gracia muy certero al P. Rangel y a Leonardo, al P. Solá apenas si le hizo una raspadura en el cráneo. Creyéndolo muerto también, el pistolero dio media vuelta sin preocuparse más. Eran las nueve y cinco minutos del 25 de abril de 1927.
Todo se había desarrollado con suma celeridad, solo habían pasado seis o siete minutos. Al conductor del tren se le dio la orden de marchar inmediatamente a Lagos y a San Francisco del Rincón. Ahí dejaron libres a los tres jóvenes Marín, Romo y Oñate.
La Agonía del Padre Andrés Solá
Leonardo y el P. Rangel habían fallecido en el acto, pero al P. Andrés le quedaban tres horas de penosa agonía sufridas, como Cristo en la cruz, con plena lucidez y fortaleza de ánimo, y tendrá todavía fuerzas para hablar dificultosamente con los que llegaron a verle.
Testimonio de Petronilo Flores, ferrocarrilero: “No conocí a los mártires en vida, pero oí los disparos pues estaba a unos 300 metros en un punto cercano al Rancho de San Joaquín. Fui al lugar dónde los habían fusilado y encontré a dos muertos, y uno todavía no se moría, y me dice: Oye, tú, ¿qué vas a hacer conmigo? Y le dije: Nada, Señor. Y me dice: ¿Ves a estos dos muertos que están a un lado de mí? Uno es sacerdote de Silao, de la Iglesia del Perdón, y yo soy sacerdote español, de León. Somos y morimos por Jesús y morimos por Dios”.
Murieron con paciencia y buena disposición, y lo afirmo sobre todo del Padre Solá que sobrevivió como tres horas durante las cuales repetía con frecuencia estas palabras: “Jesús mío, Jesús mío, por ti muero”. Yo lo saqué de en medio del chapopote, porque él ya no podía, primero por las heridas y después por lo pegajoso del chapopote. No lo vi morir, pues me fui para mandarle agua que me pedía porque me dijo que tenía mucha sed.
Testimonio de Francisco Reyes, ferrocarrilero: “Al Padre Solá lo hallé en un charco de chapopote al pie de un arbusto; él al verme me pregunto: ¿Qué me vas a hacer? Contesté que yo era un trabajador de la vía y que nada le iba a hacer; permanecí allí un rato, mientras oía que el Padre decía estas palabras: ¡Ay, Jesús mío por ti muero! Y lo repetía muy seguido”
El Padre Solá plenamente consciente todavía le había dicho a Reyes por toda presentación: “Me matan porque me entregaron como sacerdote, soy español, uno de mis compañeros es sacerdote y se llama Trinidad Rangel; el otro no es sacerdote y se llama Leonardo. Alzó la vista y me dijo le llevara tantita agua. Yo le dije que no había... después fui a buscar agua y se la llevé, pero lo encontré muerto y tiré el agua. Duraría en buscar el agua como cinco minutos” Ese “tengo sed” sin pretenderlo y espontáneamente, a nosotros nos trae a la memoria le grito del divino Maestro al final de aquellas tres horas del Calvario.
Como Jesús en la cruz también, el Padre Solá tuvo un recuerdo especial para el ser más querido. Josefina Leal atestigua haber oído lo que el moribundo dijo a uno de los que se le acercaron compasivo: No se olvide de hacer saber a mi madre, por el medio que pueda, que he muerto; pero dígale también que tiene un hijo mártir. Y para que no faltara otro rasgo con el Mártir del Calvario, el P. Solá, extranjero y muy lejos de su patria, se sintió abandonado de todos, y expresó su dolor con estas palabras dichas a uno de los que se le acercaron: “Yo soy un Padre español, nadie habrá que se interese por mí, de éstos sí habrá; uno es Padre y el otro un particular” Afortunadamente se equivocaba en su juicio, pues los trabajadores y después todas las buenas personas se interesaron por su suerte, su memoria y su veneración, igual que lo hicieran los parientes y amigos del Padre Trinidad y de Leonardo.
Al mediodía había muerto también el Padre Solá. Los mismos testigos dicen que después de la comida bajaron con decisión siete de los trabajadores, hicieron tres fosas de medio metro de profundidad y sepultaron devotamente a las víctimas. El día 28 se presentaron varios familiares y amigos, dirigidos por Agustín Rangel, hermano del Padre Trinidad, para informarse bien por los trabajadores del lugar exacto de las sepulturas, en las que iban a estar los cadáveres muy pocos días.
En efecto, el domingo 1 de mayo los tres cadáveres fueron desenterrados, colocados cada uno en su caja y llevados por la vía en un armón hasta la estación de Lagos a dónde llegaron a la una de la tarde. Allí los esperaba un gran número de fieles, seguros de la santidad de aquellos héroes de la fe y los acompañó entre vítores, cantos y flores hasta el Panteón Municipal.
En la historia gloriosa de los héroes de la iglesia se les conoce como los “Mártires de San Joaquín” Fueron beatificados, por encargo del Papa Benedicto XVI, el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara, Jalisco, por el Cardenal Claretiano, Don José Saraiva Martins.
Homilía de Beatificación
SANTA MISA DE BEATIFICACIÓN DE 13 MÁRTIRES MEXICANOS
Homilía del Cardenal José Saraiva Martins
Estadio Jalisco de Guadalajara
Domingo 20 de noviembre de 2005
Solemnidad de Cristo Rey
- Saludo, especialmente, a los eminentísimos señores cardenales, a los excelentísimos señores obispos, a las respetables autoridades, a los sacerdotes y fieles que son de las diócesis en donde estos mártires nacieron o derramaron su sangre. Además, dirijo mi saludo también a los familiares de estos nuevos beatos, y me uno a su acción de gracias.
"El Señor es mi pastor, nada me faltará" (Sal 22, 1). La Iglesia en este día proclama a Jesucristo como Rey del Universo. La imagen de rey-pastor que recoge el profeta Ezequiel, se identifica plenamente con Jesucristo, el buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11), quién consumada su misión, entregará el Reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Cor 15, 24-28). Él es el Pastor y Rey de la humanidad que conduce a su rebaño hacia fuentes tranquilas, mostrando especial solicitud por aquellas ovejas heridas y extraviadas.
Además, Cristo es Rey, pues Él es el "primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas... Él es el principio... pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar por Él y para Él todas las cosas" (Col 1, 15.17-20), tal como lo afirma el apóstol San Pablo.
- Esta Solemnidad de Cristo Rey tiene un significado muy especial para el pueblo mexicano. El Papa Pío XI, al finalizar el Año santo de 1925, proclamó esta fiesta para la Iglesia Universal. Pocos meses después, iniciaría en estas tierras la persecución contra la fe católica, y bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey! morirían muchos hijos de la Iglesia, reconocidos como mártires, de los cuales 13 hoy han sido beatificados.
Los mártires son los testigos privilegiados de la realeza de Cristo. En ellos había una conciencia clara de que el reinado de amor de Cristo debía ser instaurado, aun a costa de su propia vida. Igualmente, la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado (San Agustín, Sermón 329). Ellos, junto con todos los santos, son los benditos que han de tomar posesión del Reino preparado para ellos, desde la creación del mundo (cf. Mt 25, 34), como escuchamos en el Evangelio apenas proclamado.
- Además, esta fiesta adquiere en este día un significado particular. Hoy la Iglesia de México contempla, con singular alegría, la fe y la fortaleza de estos 13 varones, quienes en el reconocimiento del reinado de Cristo ofrecieron sus vidas de una manera heroica entre los años de 1927 y 1928. En situaciones adversas y en diferentes Iglesias particulares, estos hijos fieles de la Iglesia dieron un testimonio loable de los compromisos adquiridos el día de su bautismo, logrando ser capaces de derramar su sangre por amor a Cristo y a su Iglesia, que era injustamente perseguida.
De entre estos trece nuevos beatos, es significativo que diez fueron laicos, originarios de los estados de Jalisco, Michoacán y Guanajuato. La mayor parte de estos laicos eran casados y formaron familias cristianas; los demás, si bien no fueron casados, eran miembros de familias cristianas piadosas y de recias costumbres.
Asimismo, este nuevo grupo de mártires cuenta con tres sacerdotes, que murieron por desempeñar heroicamente su ministerio sacerdotal y misional, como fue el caso del misionero claretiano español, Andrés Solá Molist, c.m.f., quien murió, después de una larga y penosa agonía, junto con el padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez Larios, en las tierras del Estado de Guanajuato. De igual manera y en circunstancias similares, el sacerdote veracruzano, Ángel Darío Acosta, quien no escatimó sus mejores esfuerzos para ejercer su ministerio sacerdotal en un clima adverso y de persecución, y recibió el martirio. A ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor, estos sacerdotes, junto con los 22 sacerdotes mexicanos diocesanos canonizados en Roma durante el Gran Jubileo de la Encarnación del Año 2000, por el Papa Juan Pablo II, son un modelo y ejemplo de caridad y celo pastoral heroicos, principalmente para todos los sacerdotes mexicanos.
- La lista de estos beatos está encabezada por Anacleto González Flores, quien derramó su sangre junto con los hermanos Jorge y Ramón Vargas González, al igual con Luis Padilla Gómez, en esta ciudad. Bajo el grito: "Yo muero, pero Dios no muere". ¡Viva Cristo Rey!". Anacleto González Flores entregaba su vida al Creador después de una vida de intensa piedad y de un fecundo y audaz apostolado.
Durante su vida, después de recibir una sólida formación humana y cristiana, se dedicó a luchar por los derechos de los más desprotegidos. Conocedor fiel de la Doctrina Social de la Iglesia buscó, a la luz del Evangelio, defender los derechos elementales de los cristianos, en una época de persecución. Dentro de los derechos que más defendió Anacleto González y sus compañeros mártires, se encontraba el de la libertad religiosa; derecho que se desprende de la misma dignidad humana.
Como señala el Concilio Vaticano II, "esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos" (Dignitatis humanae, 2).
Movidos por un profundo amor a Jesucristo y al prójimo, estos nuevos beatos defendieron pacíficamente este derecho, aun con su propia sangre. Ellos, lejos de avivar los enfrentamientos sangrientos, buscaron la vía pacífica y conciliadora que les reconociera este y otros derechos fundamentales, que habían sido negados a los católicos mexicanos. Por el contrario, Anacleto González y compañeros mártires, buscaron ser, en la medida de sus posibilidades, agentes de perdón y factores de unidad en una época en que el pueblo se encontraba dividido.
- Convencidos de que "la vida es Cristo, y la muerte una ganancia" (Flp 1, 21) nuestros mártires alimentaron ese deseo por la frecuente participación y adoración de la Sagrada Eucaristía. Efectivamente, la profunda devoción eucarística es uno de los rasgos comunes de estos 13 mártires.
Todos ellos, sacerdotes y laicos, mostraron un singular amor a Jesucristo en la Eucaristía. Es de especial mención que tres de los nuevos beatos, los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez, al igual que Luis Magaña Servín, fueron miembros de la Asociación Nocturna del Santísimo Sacramento; Asociación de larga tradición en el pueblo mexicano. De la oración frecuente y ferviente delante del Santísimo Sacramento, estos hermanos nuestros obtuvieron la fortaleza sobrenatural de soportar cristianamente el martirio, llegando, incluso, a perdonar a sus mismos verdugos.
La intensa vida eucarística de estos beatos debe ser para nosotros un ejemplo y aliento para acrecentar, cada vez más nuestra propia vida eucarística. A pocos días de haber concluido el Año de la Eucaristía, y a un año de la gozosa celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, llevado a cabo en esta querida ciudad de Guadalajara, pedimos la intercesión de estos fieles hijos de la Iglesia para que nos ayuden a acrecentar el respeto, la activa participación y la digna recepción de Jesucristo presente en la Eucaristía. A ellos les pedimos, además, la gracia de ser humildes adoradores del Santísimo Sacramento, tal ellos lo fueron. Que el ejemplo de su vida de entrega hasta el martirio, sea para nosotros un modelo privilegiado de auténtica espiritualidad y de profunda vida eucarística.
- Por su valentía y corta edad, merece una especial mención el adolescente José Sánchez del Río, originario de Sahuayo, Michoacán, quién a la edad de 14 años, supo dar un testimonio valeroso de Jesucristo. Fue un ejemplar hijo de familia, que se distinguió por su obediencia, piedad y espíritu de servicio. Desde los comienzos de la persecución en él se despertó el deseo de ser mártir de Cristo.
Era tal su convicción de querer derramar su sangre por Cristo, que admiraba a quienes lo conocían. Pudo recibir la palma del martirio, después de ser torturado y de dirigir a sus padres estas últimas palabras: "nos veremos en el cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!"
El joven beato José Sánchez del Río nos debe animar a todos, principalmente a ustedes jóvenes, para ser capaces de dar testimonio de Cristo en nuestra vida diaria. Queridos jóvenes, probablemente Cristo no les pida el derramamiento de su sangre, pero sí les pide, desde ahora, dar testimonio de la verdad en sus vidas (cf. Jn 18, 37); en medio de un ambiente de indiferencia a los valores trascendentales y de un materialismo y hedonismo que busca sofocar las conciencias. Cristo espera, además, su apertura para poder recibir y acoger un proyecto vocacional por Él preparado. Sólo Él tiene, para cada uno de ustedes, las respuestas a los interrogantes de sus vidas; y los invita a seguirlo en la vida matrimonial, sacerdotal o religiosa.
- "Vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo" (Mt 25, 34). Nuestros mártires deben ser también para nosotros un modelo de amor incondicional a Dios y al prójimo. El ejemplo de su vida e intercesión deben ayudarnos a vivir generosamente nuestra vida, de cara a los demás, recordándonos siempre de las palabras de Jesús: "Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron" (Mt 25, 50).
La caridad que estamos llamados a vivir, el mandamiento nuevo (Jn 13, 34), supera todo límite impuesto por una lógica humana y egoísta. Se trata de una caridad que se traduce en unidad, respeto, servicio, ayuda eficaz y efectiva al necesitado; de una caridad vivida, muchas veces, de manera heroica, dentro de la misma familia y fuera de ella; de una caridad que, a ejemplo de Cristo y de sus mártires, está siempre dispuesta a perdonar.
Asimismo, nuestros nuevos beatos también merecen el reconocimiento de haber sido hijos fidelísimos de la Iglesia Católica y de la persona del Romano Pontífice. Les pedimos, también para nosotros, una fidelidad heroica a la Iglesia y a la persona y enseñanzas del Romano Pontífice, pues ellos son para nosotros una legítima expresión de la frase que tanto gustaba repetir al Papa Juan Pablo II: "¡México, siempre fiel!"
"Todos los tiempos son de martirio" Advierte San Agustín de Hipona (Sermón 6) Así pues, "todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución" (2 Tim 3, 12). Queridos hermanos: vivir plenamente nuestra entrega fiel y de todos los días a Cristo, y por amor Él a todos los hombres, implica muchos sacrificios y renuncias. No obstante, Cristo estará siempre dispuesto a darnos la fortaleza necesaria para poder servirlo y amarlo en nuestros hermanos, principalmente en los más desvalidos y necesitados de nuestro amor, comprensión y perdón.
- Finalmente, estos 13 hijos fieles de la Iglesia, tenían otro rasgo en común. Además de su intensa vida eucarística, se distinguieron por su filial devoción a la Madre de Dios, en su advocación de Santa María de Guadalupe. La mayoría de ellos, como los otros santos mártires mexicanos ya canonizados, murieron con su nombre en los labios. A ella le pedimos su maternal protección, muy especialmente por todo el pueblo mexicano, al igual que por todo el continente, para que el entusiasmo se conserve y acreciente. Junto con ella, la Madre de la Nueva Evangelización, damos gracias al Padre por estos nuevos beatos. De la misma manera, demos gracias por la Iglesia de México, que no deja de dar frutos de santidad. Que Cristo Rey, el buen Pastor, reine en cada uno y en todos nuestros corazones. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! Amén.





