Jesús, el mártir del Gólgota

Una canción interpretada por Mercedes Sosa dice: “Sólo le pido a Dios que el dolor no se me sea indiferente... Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente...” No podemos leer la Pasión del Señor sin sentirnos interpelados. No podemos contemplar esta narración como un acontecimiento histórico nada más.

 

Recordemos las palabras del Evangelista: “Tanto amó Dios al mundo que envío a su Hijo” (Juan 3,16) y “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Y Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Juan 15, 13-15)

 

Dispón el corazón y tu mente para que la lectura reposada y profunda de este texto te cimbre y toque las entrañas de tu ser.

 

La Pasión del Señor en San Lucas 23

 

El Consejo en pleno se levantó y llevaron a Jesús ante Pilato. Allí empezaron con sus acusaciones: Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los impuestos al César y pretende ser el rey enviado por Dios.

 

Entonces Pilato lo interrogó en estos términos: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: Tú eres el que lo dice. Pilato se dirigió a los jefes de los sacerdotes y a la multitud. Les dijo: “Yo no encuentro delito alguno en este hombre”. Pero ellos insistieron: Está enseñando por todo el país de los judíos y sublevando al pueblo. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí. Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Cuando supo que Jesús pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió, pues Herodes se hallaba también en Jerusalén por aquellos días.

 

Al ver a Jesús, Herodes se alegró mucho. Hacía tiempo que deseaba verlo por las cosas que oía de él, y esperaba que Jesús hiciera algún milagro en su presencia. Le hizo, pues, un montón de preguntas. Pero Jesús no contestó nada, mientras los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley permanecían frente a él y reiteraban sus acusaciones. Herodes con su guardia lo trató con desprecio; para burlarse de él lo cubrió con un manto espléndido y lo devolvió a Pilato. Y ese mismo día Herodes y Pilato, que eran enemigos, se hicieron amigos.

 

Pilato convocó a los jefes de los sacerdotes, a los jefes de los judíos y al pueblo y les dijo: 'Ustedes han traído ante mí a este hombre acusándolo de sublevar al pueblo. Pero después de interrogarlo en presencia de ustedes no he podido comprobar ninguno de los cargos que le hacen. Y tampoco Herodes, pues me lo devolvió. Es evidente que este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Así que después de castigarlo lo dejaré en libertad. Pero todos ellos se pusieron a gritar: ¡Elimina a éste y devuélvenos a Barrabás! Este Barrabás había sido encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad.

 

Pilato, que quería librar a Jesús, les dirigió de nuevo la palabra, pero ellos seguían gritando: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Por tercera vez les dijo: 'Pero ¿qué mal ha hecho este hombre? Yo no he encontrado nada que merezca la muerte; por eso, después de azotarlo, lo dejaré en libertad. Pero ellos insistían a grandes voces pidiendo que fuera crucificado, y el griterío iba en aumento. Entonces Pilato pronunció la sentencia que ellos reclamaban. Soltó al que estaba preso por agitador y asesino, pues a éste lo querían, y entregó a Jesús como ellos pedían.

 

Cuando lo llevaban, encontraron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguía muchísima gente, especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: 'Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos. Porque llegarán días en que se dirá: Felices las mujeres que no tienen hijos. Felices las que no dieron a luz ni amamantaron. Entonces dirán: ¡Que caigan sobre nosotros los montes, y nos sepulten los cerros! Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?

 

Junto con Jesús llevaban también a dos malhechores para ejecutarlos. Al llegar al lugar llamado de la Calavera, lo crucificaron allí, y con él a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. (Mientras tanto Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen). Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas a suerte. La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido.

 

También los soldados se burlaban de él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Porque había sobre la cruz un letrero que decía: Este es el rey de los judíos. Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: ¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros! Pero el otro lo reprendió diciendo: ¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo. Y añadió: Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino. Jesús le respondió: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.

 

Hacia el mediodía se ocultó el sol y todo el país quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. En ese momento la cortina del Templo se rasgó por la mitad, y Jesús gritó muy fuerte: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dichas estas palabras, expiró.

 

El capitán, al ver lo que había sucedido, reconoció la mano de Dios y dijo: Realmente este hombre era un justo. Y toda la gente que se había reunido para ver este espectáculo, al ver lo ocurrido, comenzó a irse golpeándose el pecho. Estaban a distancia los conocidos de Jesús, especialmente las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, y todo esto lo presenciaron ellas.

 

Intervino entonces un hombre bueno y justo llamado José, que era miembro del Consejo Supremo, pero que no había estado de acuerdo con los planes ni actos de los otros. Era de Arimatea, una ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó, pues, ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo depositó en un sepulcro nuevo cavado en la roca, donde nadie había sido enterrado aún. Era el día de la Preparación de la Pascua y ya estaba para comenzar el día sábado. Las mujeres que habían venido desde Galilea con Jesús no se habían alejado; vieron de cerca el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. Después que volvieron a sus casas, prepararon perfumes y mirra, y el sábado descansaron, según manda la Ley.

 

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús


Mártires Claretianos de Barbastro

 

         El martirio de los 51 Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María de Barbastro, España, aconteció durante los días 2, 12, 13, 15 y 18 de agosto de 1936. La Comunidad Claretiana de Barbastro (Huesca, España) estaba formada por 60 misioneros, de los cuales 39 Seminaristas, 12 Hermanos y 9 Sacerdotes.

 

         El lunes 20 de julio de 1936 el Seminario fue asaltado y registrado, sin provecho, en busca de armas. Fueron arrestados todos sus miembros. El Superior, Padre Felipe de Jesús Munárriz, el formador de los seminaristas, Padre Juan Díaz y el administrador, Padre Leoncio Pérez fueron llevados directamente a la cárcel municipal. Los ancianos y los enfermos fueron trasladados al Asilo o al Hospital. Los demás fueron conducidos al Colegio de los Escolapios, en cuyo salón de actos quedaron encerrados hasta el día de su ejecución. Transcribimos completa la carta de uno de los seminaristas.

 

Carta de despedida de Faustino

 

Querida Congregación:

 

Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, 6 de nuestros hermanos; hoy, 13, han alcanzado la palma de la victoria 20, y mañana, 14, esperamos morir los 21 restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están mostrando tus hijos, Congregación querida!

 

Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto; cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantarse y ponerse en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que les ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! El populacho responde ¡Muera! ¡Muera! Pero nada los intimida. ¡Son tus Hijos Congregación Querida, estos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte ¡Viva Cristo Rey!

 

Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a Ti, Madre común de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que yo inicie los vivas y que ellos responderán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y muerte. Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule su desarrollo y expansión por todo el mundo.

 

¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los mártires de mañana, 14, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y morimos precisamente en el mismo día en que nos la impusieron.

 

Los mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y el más indigno,

 

Faustino Pérez, cmf.

 

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!".


El atentado al Padre Claret en Holguín, Cuba

 

El 01 de febrero de 1856 en la ciudad de Holguín en Cuba, el arzobispo Antonio María Claret fue víctima de un fallido atentado en contra de su vida. Aquel día comenzaba la visita pastoral a la zona. Era la cuarta visita pastoral de su tarea episcopal en la Diócesis de Santiago de Cuba, a los cinco años de su llegada.

 

Holguín está situada al noroeste de Santiago. A finales de enero de 1856, el Padre Claret desembarcó en la población de Gibara, procedente de la Ciudad de Puerto Príncipe. En este pueblo, según cuenta el Padre Pedro Llausás, capellán del Padre Claret y secretario de la visita pastoral, ya alguien había intentado atentar contra la vida del arzobispo, pero no lo consiguió. El P. Llausás afirma que fue el mismo que lo logró en Holguín, Antonio Abad Torres (cf. Autobiografía 584), oriundo de Canarias, era conocido como el Isleño y, hallándose en la cárcel, había sido indultado un año antes, a instancias del P. Claret, por ruego de su familia, sin que éste lo conociera siquiera.

 

Aunque el atentado fue perpetrado por una sola persona, las investigaciones determinaron que se trataba de una conspiración para acabar con su vida. Incluso llegó la falsa noticia de la muerte del prelado hasta Santiago de Cuba, propagada por quiénes la esperaban. Holguín fue el culmen de una persecución que comenzó antes, y sucedió así:

Al anochecer fue el santo prelado a la Iglesia de San Isidoro, que es la santa iglesia parroquial. Terminado el Sermón, salió el santo prelado acompañando de su vicario foráneo a la derecha y su capellán a la izquierda. Apenas había andado cincuenta metros, cuando un hombre de baja talla y delgado venía de la acera de la izquierda del capellán y encorvado, en además de besar el anillo del santo prelado, (a continuación, un texto autobiográfico) “pero al instante alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con toda su fuerza. Pero como yo llevaba la cabeza inclinada y con el pañuelo que tenía en la mano derecha me tapaba la boca, en lugar de cortarme el pescuezo como intentaba, me rajó la cara, o mejilla izquierda, desde frente a la oreja hasta la punta de la barba, y de escape me cogió e hirió el brazo derecho. El asesino fue cogido en el acto y fue llevado a la cárcel. Se le formó causa y el juez dio la sentencia de muerte, no obstante, que yo, en las declaraciones que me había tomado, dije que le perdonaba como cristiano, como sacerdote y como arzobispo” (Autobiografía 575. 583)

 

¿Cuáles fueron los motivos? Sencillamente, recordar, pedir, exhortar... a los cristianos que llevaran una vida coherente con el Evangelio y con la opción de vida cristiana elegida. Esto con especial insistencia a los clérigos de vida irregular; a algunos de los cuales los llegó a sancionar como arzobispo por hacer caso omiso de sus recomendaciones.

 

         Este acontecimiento es un catalizador de la espiritualidad martirial del Padre Claret. Su deseo de entrega hasta la muerte se ve reflejado en la elaboración espiritual que él mismo hizo de este hecho. El gozo que sintió Claret al sufrir este atentado fue el de quien logra lo que andaba buscando desde hacía mucho tiempo, con la satisfacción de conseguirlo en el momento y el modo menos imaginables, aunque su ánimo estuviera bien dispuesto para ello.

 

         Holguín fue la consecuencia de una vida coherente con el seguimiento de Cristo, llena de celo apostólico para que Dios fuese conocido, amado, servido por todas las criaturas. El celo de la casa del Padre devoró a Claret, perseguido por la causa del Hijo (Mateo 5,11) hasta la navaja barbera de Holguín.

 

         A partir de aquí, su sangre derramada, como sello sobre las verdades evangélicas que predicaba, le hizo crecer en fidelidad en medio de persecuciones y calumnias que, como el mismo decía, irían esculpiendo, labrando, cincelando, fraguando... su figura carismática, capaz de alegrarse en los tormentos de cada jornada, por la gloria de Dios y la salvación de todos los hombres.


Mártires Cristeros

 

Estos sacerdotes diocesanos mexicanos canonizados en Roma durante el Gran Jubileo de la Encarnación del Año 2000 (el 21 de mayo), por el Papa Juan Pablo II, son un modelo y ejemplo de caridad y celo pastoral heroicos, principalmente para los sacerdotes mexicanos. Estos son sus nombres y el lugar y fecha de su martirio.

Agustín Caloca, Colotlán, Jal el 25 de mayo de 1927

Atilano Cruz Alvarado, Cuquio, Jal. el 01 de Julio de 1928

Bernabé de J. Méndez Montoya, Valtierrilla, Gto el 5 de febrero de 1928

Cristóbal Magallanes Jara, Colotlán, Jal. el 25 de mayo de 1927

David Galván Bermúdez, Guadalajara, Jal, el 30 de enero de 1915

David Roldán Lara, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

David Uribe Velasco, Morelia, Mich el 12 de abril de 1927

Jenáro Sánchez Delgadillo, Tecolotlán, Jal el 17 de enero de 192 

José Isabel Flores Varela, Zapotlanejo, Jal el 21 de junio de 1927

José María Robles Hurtado, Quila, Jal el 26 de junio de 1927

José Salvador Lara Puente, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

Julio Álvarez Mendoza, Guadalajara, Jal el 30 de marzo de 1927

Justino Orona, Cuquío, Jal el 01 de julio de 1928

Luis Batis Sáinz, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

Manuel Morales Cervantes, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

Margarito Flores García, Huitzuco, Gro el 12 de noviembre de 1927

Mateo Correa Magallanes, Durango, Dgo. el 6 de febrero de 1927

Miguel de la Mora, Colima, Col. el 7 de agosto de 1927

Pedro de Jesús Maldonado , Chihuahua, Chih. el 11 de febrero de 1937

Pedro Esqueda Ramírez, San Juan de los Lagos, 22 de noviembre de 1927

Rodrigo Aguilar Alemán, Ejutla, Jal. el 28 de octubre de 1927.

Román Adame Rosales, Yahualica, Jal. el 21 de abril de 1927

Sabás Reyes Salazar, Tototlán, Jal. el 13 de abril de 1927

Toribio Romo González, Tequila, Jal. el 25 de febrero de 1928

Tranquilino Ubiarco Robles, Tepatitlán, Jal. el 5 de octubre de 1928

 

Un detalle del Padre José María Robles Hurtado

 

José María fue un sacerdote diocesano que fundó el Instituto de Religiosas Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús, hoy conocido como: “Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado” y asesinado el 25 de junio de 1927. Tras su martirio, sus seguidores hallaron entre sus pertenencias un texto que anticipaba su entrega final:

 

“Quiero amar tu corazón Jesús mío, con delirio; quiero amarte con pasión, quiero amarte hasta el Martirio … Con el alma te bendigo mi Sagrado Corazón; Dime: ¿se llega el instante de feliz y eterna unión?

Tiéndeme, Jesús, los brazos, pues tu “pequeñito soy”; de ellos, al seguro amparo, a donde lo ordenes, voy… Al amparo de mi Madre y de su cuenta corriendo yo, su “pequeño” del alma, vuelvo a sus brazos sonriendo.

Un Padre espera a sus hijos, a todos, allá en el Cielo”


Mártires de Siguenza y Fernán Caballero

 

Los catorce jóvenes seminaristas en vísperas de ser ordenados sacerdotes, de entre 20 y 26 años, el Hno Felipe González (47 años) y el P. José María Ruiz Cano (29 años) son llamados los Mártires Claretianos de Siguenza y Fernán Caballero. El P. José María es el único sacerdote, Tomás Cordero era el seminarista de mayor edad y Jesús Aníbal Gómez, colombiano que, a pesar de exponer ante los milicianos su condición de extranjero, fue fusilado sin consideración.

 

El suceso martirial aconteció en Sigüenza (Guadalajara) y Fernán Caballero (Ciudad Real) y fueron recogidos en una misma Causa porque coinciden las mismas ilusiones juveniles llenas de fe y de generosidad, truncadas en ambos lugares con la misma violencia.

 

La atmósfera de violencia contra los moradores del Seminario Claretiano de Zafra comenzó en febrero de 1936. A finales de abril el Padre Provincial ordenó abandonar el seminario e irse a Ciudad Real. La nueva residencia era un caserón desprovisto de todo. Jesús Aníbal, colombiano, escribía a los suyos: "No tenemos huerta, y para el baño nos las arreglamos de cualquier modo... De paseo no hemos salido ni una sola vez desde que llegamos”

 

Se respiraba ambiente de martirio, y pronto se vieron sorprendidos por el asalto a la casa. El P. Superior escribirá más tarde: "Cuatro fueron los días de prisión para las catorce víctimas propiciatorias que fueron sacrificadas el día 28 y seis para los restantes. Decir lo que en estos días tuvimos que sufrir es cosa de todo punto imposible." Las cosas fueron empeorando en aquella cárcel en que se había convertido la propia casa, hasta el punto de que "trajeron mujerzuelas y las veíamos con los bonetes y los ornamentos paseando y asomándose provocativamente a nuestras habitaciones. Todos estábamos preparados para la muerte, que la veíamos muy cerca...

 

Intentando salir de aquel lugar, el P. Superior pudo lograr salvoconductos para ir a Madrid o adonde les conviniera. La primera expedición a Madrid se organizó para el 28 de julio. Se despidieron de los que quedaban. Fueron a la estación de Ciudad Real en varios coches y acompañados por milicianos. Al llegar se armó un gran alboroto y se oyeron voces de: "¡A matarlos que son frailes. No les dejéis subir. Matadlos!" El tren arrancó, pero las amenazas se cumplieron a 20 Km de la capital, en la Estación de Fernán Caballero.

 

Un viajero del mismo tren cuenta así lo que vio: "Ordenaron a los frailes que bajasen, que habían llegado a su sitio. Unos bajaron voluntariamente diciendo: Sea lo que Dios quiera, moriremos por Cristo y por España. Otros se resistían, pero con las culatas de los fusiles les obligaron a bajar. Los milicianos se pusieron junto al tren y los frailes frente a ellos de cara. Algunos de ellos extendieron los brazos, gritando ¡Viva Cristo Rey y Viva España! Unos se tapaban la cara, otros agacharon la cabeza. Empezaron las descargas y los frailes cayeron al suelo… Al incorporarse, algunos con las manos extendidas gritaban ¡Viva Cristo Rey!; volvieron a dispararles y cayeron."

 

Uno de ellos, Cándido Catalán quedó gravemente herido y moriría más tarde: "Presentaba aspecto de una resignación asombrosa, no profería queja alguna…", dijo de él el médico que lo atendió en la Estación. En medio de tanto dolor no faltaron ángeles del consuelo. El Padre Federico Gutiérrez, en su librito Mártires Claretianos de Sigüenza y Fernán Caballero, recoge la confidencia que Carmen Herrera, hija del Jefe de Estación, le hizo: "Yo y la mujer del Factor, Maximiliana Santos, ayudamos a los médicos a curar al herido. Yo puse agua caliente para lavarle las heridas y la mujer del Factor facilitó una sábana para hacer vendas. En la Estación yo le di de beber..."

 

El Hno. Felipe González de Heredia había quedado en la capital, refugiado en casa de su hermano Salvador... descubierto, fue llevado al Seminario hasta el 2 de octubre hasta que lo llevaron en coche hasta Fernán Caballero. El viaje lo realizó sentado entre dos milicianas que con una navaja le amenazaban, añadiendo: "Así te vamos a matar; con estos perros no hay que gastar pólvora". Al parar el coche en la puerta del cementerio, el Hno. Felipe se subió en el escalón de la puerta, se puso en cruz y gritó ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María! Una descarga de fusil acalló su voz. Un testigo dijo después: Yo noté que el Hermano iba muy sereno en el coche y el grito de ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María! lo dijo con energía.

 

El Papa Benedicto XVI firmó el Decreto reconociendo su martirio y con el favor de Dios, su beatificación se llevó a cabo el 13 de octubre de 2013.

 


Santidad y Martirio

 

P. Enrique Marroquín, cmf

 

En todas las religiones hay tipos de personas ejemplares -el “sabio” griego, el consciente e inalterable budista, el meditativo tibetano, el inconmovible estoico, etc, que brindan a su cultura modelos y valores para ser imitados. El santo es el “separa-do”, consagrado a la divinidad, que se mantiene alejado de los intereses de la vida “profana”

 

En el cristianismo, el “santo” no es tanto aquel que busca la perfección humana, por la observancia de las virtudes, cuanto aquel que se configura mejor con Cristo, es decir, quien profesa el amor al prójimo y las bienaventuranzas con todas sus consecuencias.

 

La vida de santidad es fruto de una vida ascética y del esfuerzo de la persona y, sobre todo, es un Don de la gracia divina, que lleva a la persona por inspiración del Espíritu. La santidad, además de elevar a la persona en su identidad con Dios, es un don con que el Espíritu enriquece a la Iglesia. Es Cristo que vive en los creyentes y los nutre, como los sarmientos unidos a la cepa.

 

La “comunión de los santos” es esa unidad entre todos los cristianos desde la Fe, en Cristo, su cabeza. Todos participamos de la misma vida divina. En este sentido, los santos son “intercesores”: no entendido como un Dios lejano, al que sólo se llega por intermediarios, cuanto que la santidad de todos, unidos a la de Jesús y a la de María, constituyen un acervo que Dios acoge con benevolencia.

 

Además, la vida en Cristo va transformando a la persona, de acuerdo a los valores del Evangelio. De esta forma, los santos son también “ejemplo” y modelo para nosotros. Si ser santo es imitar a Jesucristo, Él es una persona tan perfecta que resulta imposible imitarla en todos sus aspectos, de ahí que haya diversas modalidades de santidad (vírgenes, pastores, evangelistas, doctores, mártires, fundadores). Entre todos ellos se refleja el complejo misterio de Cristo.

 

Entre todos los santos, hay algunos que son “canonizados”: la Iglesia se pronuncia oficialmente, haciéndose garante de que su vida estuvo apegada al Evangelio, y por eso se proponen como ejemplo. Se implora la intervención divina en este delicado discernimiento, manifestada en milagros, y se comprueba que en su vida tuvo reconocimiento de varias personas, que lo veneraban y tenían por tal.

 

El Magisterio Papal se compromete en cada “canonización” propiamente dicha (no así en las beatificaciones), y la Iglesia fija una fecha para celebrar litúrgicamente a cada santo. Sin embargo, la canonización es producto de una investigación histórica larga y compleja, sobre sus virtudes, su doctrina, etc., que sólo se lleva a cabo cuando hay algún grupo solvente que lo apoya. Va alcanzando reconocimiento gradual (“venerable”, “beato”, “santo”). Hay muchos otros santos que no están canonizados, que no se conocen.

 

Los Santos Mártires

 

La vida de santidad compromete a la persona “hasta la muerte”. La muerte da un sentido de totalidad a la vida. La sella. Tal y como sea la vida, así será la muerte. Una vida totalmente entregada a Cristo implica una muerte de encuentro amoroso con Él, como quiera que sea el desenlace. Muchas veces, vivimos la fe; pero no de una forma total y definitiva: a veces coqueteamos con incitaciones mundanas y nos dejamos llevar por los defectos.

 

Santo es aquel que entregó plena y totalmente su vida, en caridad, en esperanza y en fe. La fe cristiana tiene implicaciones sociales, pues construir el Reino de Dios no se da sin violencia. A veces, gobiernos totalitarios o grupos de poder se sienten incomodados con aquellos cuya vida de testimonio cuestiona situaciones de injusticia y los persiguen. A algunos llegan a matar.

 

Obviamente, las situaciones sociales suelen ser complejas, y a veces estas motivaciones van unidas a cuestiones políticas, en las que la Iglesia es también actor social. Hay algunos mártires que fueron asesinados por las implicaciones sociales de su fe: por defender, sin violencia, los derechos humanos de sus hermanos perseguidos (Mons. Oscar Romero) En otras ocasiones, los nativos matan al misionero porque lo ven parte del grupo invasor, y tal vez para hacerse del poder religioso que representa (guaraníes que matan al misionero) En estos casos, hay que atender a la santidad subjetiva del mártir. Derramar la sangre por la propia fe es signo de considerarla como más valiosa que la propia existencia. Es un heroísmo. El martirio es un don. No es lícito buscarlo, pues entonces se desfigura: uno tiene que defender la propia vida; pero sin claudicar ni apostatar.

 

Lo importante es entregar la vida; aunque sea “de a poquito”, día con día, en el testimonio cotidiano de amor. Ser capaz de no avergonzarse de su fe, ni claudicar en sus principios. Profesar la propia fe es un derecho humano que debe ser siempre reconocido y defendido.

 


Policarpo de Esmirna, Obispo - Mártir
Un Anciano Perseverante

 

Alejandro Quezada, cmf

 

 

La habilidad extraordinaria.

 

         Creo que la mayoría de nosotros hemos oído mencionar el nombre de Ana Gabriela Guevara y, los últimos años quizá más del lado político que del deportivo. Sin embargo, Ana, antes de explorar el campo político, fue una excelente atleta que participó en competencias desde los Juegos Panamericanos hasta las Olimpiadas. Uno de sus grandes logros, entre muchos, fue participar en 28 carreras internacionales y haberlas ganado consecutivamente. Gracias a su tenacidad, constancia y disciplina rompió récord en el mundo del atletismo y uno de los cuáles, desde el 2003 no ha sido superado, corrió 300 metros en 35.30 segundos un acontecimiento realmente admirable.

 

Y cómo dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, podemos decir que junto a una excelente atleta hay un gran entrenador. El Señor Raúl Barreda fue el único entrenador de la corredora sonorense durante toda su trayectoria deportiva. El entrenador es un “elemento” importante pero no lo es todo; Ana tiene una “habilidad extraordinaria”, quizá innata, tiene un “don” que fue cultivando y explotando con el paso de los años y con la sabia conducción de su entrenador cubano. El triunfo de Ana es un “triunfo” de equipo, no es un producto del azar o de las circunstancias. Ella no se hizo corredora profesional de la noche a la mañana; sus logros fueron fruto de la perseverancia. Fueron horas intensas de entrenamiento, de disciplina, de esfuerzo y de sacrificio para convertirse en una atleta de “alto rendimiento”. Los triunfos conseguidos constituyeron un “premio” a su sacrificio, a su tenacidad. ¿Estás de acuerdo conmigo?

 

Los Atletas de Cristo.

 

La “Historia Lausiaca” (una obra literaria cristiana del siglo V que habla del origen, de la difusión, del crecimiento y del florecimiento del movimiento monacal en Egipto) dice que los “monjes” son “atletas de Cristo”, “varones notables”, “atletas insignes”, “colosos de la santidad” y “atletas invencibles”. Los monjes o “ascetas” son personas que:

1) gracias a su ejercicio constante y a sus penitencias extremas, renunciaron al mundo (elemento esencial de la vida monástica),

2) se entregaron al trabajo (regla básica del ascetismo monástico),

3) con la finalidad de conseguir la “pacificación” del hombre interior,

4) para convertirse en “atletas de Cristo”.

 

Policarpo de Esmirna, un “atleta de Cristo”.

 

Una de las grandes figuras de la Iglesia Católica, previa al nacimiento del monaquismo, fue San Policarpo de Esmirna, en Turquía, que tuvo el inmenso honor de ser discípulo del apóstol San Juan Evangelista.

 

Los fieles cristianos que estaban cerca de él le profesaron una gran admiración por su calidad humana, por su entereza cristiana, por la sabia “conducción” que hacía de la Comunidad Cristiana que presidía en Esmirna y después por la entrega de su vida en el “martirio”. Los cristianos de Esmirna escribieron una bellísima carta poco después de su martirio y en ella relatan datos interesantes, por ejemplo:

 

"Cuando estalló la persecución, Policarpo no se presentó voluntariamente a las autoridades para que lo mataran, porque él tenía temor de que su voluntad no fuera lo suficientemente fuerte para ser capaz de enfrentarse al martirio, y porque sus fuerzas no eran ya tan grandes pues era muy anciano. El se escondió, pero un esclavo fue y contó dónde estaba escondido y el gobierno envió un piquete de soldados a llevarlo preso. Era de noche cuando llegaron. El se levantó de la cama y exclamó: "Hágase la santa voluntad de Dios". Luego mandó que les dieran una buena cena a los que lo iban a llevar preso y les pidió que le permitieran rezar un rato. Pasó bastantes minutos rezando y varios de los soldados, al verlo tan piadoso y tan santo, se arrepintieron de haber ido a llevarlo preso”

 

Entre sus discípulos se cuenta a San Ireneo, otro hombre extraordinario, o mejor dicho, otro “atleta de Cristo” que dijo a un hereje: "Esto no era lo que enseñaba nuestro venerable maestro San Policarpo. Ah, yo te puedo mostrar el sitio en el que este gran santo acostumbraba sentarse a predicar. Todavía recuerdo la venerabilidad de su comportamiento, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y las santísimas enseñanzas con que nos instruía. Todavía me parece estarle oyendo contar que él había conversado con San Juan y con muchos otros que habían conocido a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Y yo te puedo jurar que si San Policarpo oyera las herejías que ahora están diciendo algunos, se taparía los oídos y repetiría aquella frase que acostumbraba decir: Dios mío, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes horrores? Y se habría alejado inmediatamente de los que afirman tales cosas"

 

El Martirio de San Policarpo.

 

Policarpo fue apresado y conducido al estadio para ser juzgado. El gobernador le dijo: "Declare que el César es el Señor". Policarpo respondió: "Yo sólo reconozco como mi Señor a Jesucristo, el Hijo de Dios". Añadió el gobernador: ¿Y qué pierde con echar un poco de incienso ante el altar del César? Renuncie a su Cristo y salvará su vida. A lo cual San Policarpo dio una respuesta admirable. Dijo así: "Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a El ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo". El gobernador le grita: "Si no adora al César y sigue adorando a Cristo lo condenaré a las llamas" Y el santo responde: "Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga"

 

Policarpo, antes de ser martirizado con leña, oró así en alta voz: "Señor Dios, Todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo: yo te bendigo porque me has permitido llegar a esta situación y me concedes la gracia de formar parte del grupo de tus mártires, y me das el gran honor de poder participar del cáliz de amargura que tu propio Hijo Jesús tuvo que tomar antes de llegar a su resurrección gloriosa. Concédeme la gracia de ser admitido entre el grupo de los que sacrifican su vida por Ti y haz que este sacrificio te sea totalmente agradable. Yo te alabo y te bendigo Padre Celestial por tu santísimo Hijo Jesucristo a quien sea dada la gloria junto al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos"

 

Continúa la carta de los testigos que presenciaron su martirio: "Tan pronto terminó Policarpo de rezar su oración, prendieron fuego a la leña, y entonces su-cedió un milagro ante nuestros ojos y a la vista de todos los que estábamos allí presentes las llamas, haciendo una gran circunferencia, rodearon al cuerpo del mártir, y el cuerpo de Policarpo ya no parecía un cuerpo humano quemado sino un hermoso pan tostado, o un pedazo de oro sacado de un horno ardiente. Y todos los alrededores se llenaron de un agradabilísimo olor como de un fino incienso. Los verdugos recibieron la orden de atravesar el corazón del mártir con un lanzazo, y en ese momento vimos salir volando desde allí hacia lo alto una blanquísima paloma, y al brotar la sangre del corazón del santo, en seguida la hoguera se apagó"

 

El Secreto de Policarpo: la perseverancia.

 

Cuando Policarpo es interrogado e invitado a “adorar” al César, contesta con firme serenidad: "Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a El ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo"

Después de un “intenso entrenamiento” de 86 años, Policarpo es sometido a la dura prueba y resiste con una admirable firmeza confiando en el Señor. En el momento crucial de su vida se pone de relieve el crecimiento “espiritual”, y la “fuerza” de la convicción de Policarpo que le asegura la victoria contra el “enemigo” y “recordando” a su amigo y lo manifiesta con seguridad: Yo seré siempre amigo de Cristo” a pesar del dolor y de la muerte.

 

Conclusión.

 

Hemos visto los triunfos de Ana Guevara en el atletismo gracias a su dedicación y entrenamiento y hemos recordado la victoria de Policarpo de Esmirna en el estadio gracias a su “amor fiel” a Jesús de Nazareth.

 


Claretianos somos